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Aversión sexual


El trastorno de “aversión al sexo” o “rechazo al sexo”, se define como un miedo intenso e irracional hacia cualquier tipo de actividad sexual. El individuo que lo padece evita de forma activa casi todas o incluso todas las conductas sexuales con su pareja, aun las caricias; este tipo de trastorno puede considerarse como una variedad de trastorno grave del deseo sexual. Se desconoce su frecuencia en la población general dado que no existen datos epidemiológicos claros al respecto, pero es poco frecuente y aparece sin duda más en el sexo femenino. Puede darse a cualquier edad y representa menos del 5% de los casos que se consultan al médico a causa de una disfunción sexual. Según el sistema de clasificación de los trastornos mentales (DSM–IV), la característica principal de este trastorno es la repulsión y la evitación activa del contacto sexual genital con la pareja, de forma persistente en el tiempo. La aversión sexual implica una conducta persistente de miedo, asco, repulsión, disgusto y ansiedad delante de cualquier conducta sexual y, en ocasiones, ante el solo pensamiento de ésta; pero también la aversión al contacto genital puede centrarse en algún aspecto particular del sexo (por ejemplo, olores, secreciones genitales, aversión a la penetración vaginal o anal). Algunos individuos muestran repulsión por todos los estímulos de tipo sexual (incluso los más simples como los besos y las caricias). La intensidad de la reacción del individuo frente al estímulo aversivo puede ir desde una ansiedad moderada y una ausencia de placer, hasta un malestar psicológico extremo que lo inhabilita totalmente. Algunos deciden permanecer vírgenes definitivamente para ejecutar su trastorno. Es importante realizar un diagnóstico diferencial entre lo que es una “fobia sexual” de la “aversión al sexo”. En la fobia sexual el rasgo esencial es el miedo irracional persistente y el deseo impulsivo de evitar conductas o emociones sexuales en que el individuo que las padece reconoce la desproporción de su miedo en relación al riesgo que conlleva la situación. En cambio, la aversión al sexo se diferencia de la fobia porque está asociada a emociones que no son el miedo (asco, repulsión, etc). El componente central de la aversión al sexo es la ansiedad, en diversos grados. Las personas con formas graves del trastorno que, ante una situación de tipo sexual, sufren crisis de pánico, con ansiedad extrema, terror, desmayos, sudoración, palpitaciones, náuseas, mareos y sensación de ahogo; estos pacientes intentarán evitar dichas situaciones con estrategias, pudibundez exagerada, acostarse temprano, viajar en exceso, descuidar el aspecto personal, engordar, abusar del consumo de sustancias, o parecer que siempre tienen ocupado demasiado el tiempo. Sin embargo las personas que presentan esta disfunción mantienen intacta su respuesta sexual; en el caso del hombre, la erección y la capacidad de eyacular, y en la mujer, la capacidad de llegar al orgasmo. Las causas pueden ser diversas. La más sólida es la teoría del aprendizaje de adquisición de fobias. Factores predisponentes: educación moral y religiosa estricta, relaciones deterioradas con los padres, información sexual inadecuada, experiencias sexuales traumáticas en la infancia (como violación, maltrato, incesto), ideas preconcebidas sobre el sexo (usualmente aterradoras). Factores precipitantes: experiencias sexuales traumáticas (muy frecuentes en la aversión al sexo), disfunción sexual previa (dispareunia en el caso de la aversión al sexo), problemas de pareja, infidelidad, expectativas irreales, edad y cambios hormonales, enfermedades psiquiátricas (depresión, ansiedad) y aborto (especialmente traumáticos). Se deben evaluar: Las expectativas del paciente respecto al tratamiento; la conciencia del problema; la motivación para superar el problema (que quizás indica un buen pronóstico). El tratamiento puede ser conductual con un programa de contacto sistemático con la situación aversiva. Se trata de una desensibilización sistemática imaginada o también “in vivo” con ejercicios de focalización sensorial en los que el paciente se enfrenta progresivamente a la situación que le provoca miedo, en un entorno que sea placentero y sin exigencias, para inhibir la respuesta ansiosa aprendida. También pude usarse técnicas de reestructuración cognitiva para reinterpretar positivamente las situaciones disfuncionales asociadas al problema. Sin embargo es fundamental descartar lo órganico, en especial los factores hormonales que tienen un tratamiento diferente.
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